Mi papaito adorado, mi roca
Te amo por siempre. Cuánto te extraño.
Mañana es el aniversario de ese día que tanto me marcó… vamos por un whisky, pues, para volver a recordarte en toda tu grandeza: lo que fuiste, lo que eres y lo que siempre serás en mí. Mi Roca.
Transformaste tu vida en una obra maestra. Desde tus grandes proyectos de ingeniería hasta ese momento en que, cuando estabas enfermito, cambiaste la oficina por un canvas y llenaste tu vida y la nuestra de arte.
Recuerdo tantas risas, tus dichos para todo, y aquel humor que nos hacía sentir que la vida siempre tenía una chispa de alegría. Siempre para todo, tenías una sonrisa y un sentido del humor único. Cómo decías que tu “séptimo” se estaba preparando para las Olimpiadas, o cómo te comunicabas con Pablo Santos, cuando tenía apenas cinco años, con un internet inventado por ustedes dos, de una manera genial.
Pienso en aquel juego de fútbol en el Liceo Los Arcos, y se me pone la piel de gallina . Profesores contra Papás, cuando con tu gol de cabeza ustedes ganaron. Jesús Salvador gritaba desde las gradas: “¡Ese es mi papá!”, y luego, cuando él jugó y marcó sus goles, y ganaron tú gritabas con el mismo orgullo desde las gradas: “¡Ese es mi hijo!”.
Nunca olvidaré tu cara cuando a Josefina Beatriz le entregaron su título. Fue ella quien leyó el discurso de graduación totalmente inesperado porque no le avisó a nadie y tú, sorprendido, la mirabas con los ojos aguados, y llenos de orgullo.
Y cuando yo te decía: “Papi, tengo susto, ¿cómo me voy a parar a presentar mi tesis frente a toda esa gente?”, tú me respondías, con esa seguridad y esa sonrisa tan tuya:
“Mi amor, ponte unos lentes oscuros… y después de un rato te los quitas, y todo estará perfecto.”
Y así fue.
Me vienen también a la mente esas noches infinitas en que Alexandra y tú pasaban horas mirando por la ventana, investigando, discutiendo, descubriendo galaxias. Siempre fuiste nuestro cómplice, nuestro sabio, nuestro refugio.
Aquel 25 de diciembre que me pintabas mientras todos estábamos en pijama… me decías:
“No te muevas, chica, así no te puedo pintar.”
Y yo, obediente, te respondía: “Ok, papi.” ❤️❤️❤️❤️
Aguasanta, con sus ojitos brillantes, te ponía las pantuflas al pie de la cama, o se iba al colegio feliz con tu reloj, porque la dejabas hacerlo.
Y yo, mínima, sentadita a la orilla del mar en puerto tuy, con un tobo al lado, sacando guacucos para ese hervido que preparaban mi Titita, mientras tú, vigilante, me enseñabas a partirlos. ¡ese momento!
Fueron infinitas horas de dibujos, de colores, de marcadores, lápices y acrílicos. Las salidas a comer, los paseos, las manos grandotas entrelazadas con tu “séptimo”, siempre con ese amor y protección que solo tú sabías dar.
Ay, papi… te extraño infinito.
En cada cumpleaños cantabas a todo pulmón “Yo te daré”, con esa voz única que al final rematabas con un “¡café!” que nos hacía reír. Y con el sombrero puesto, cuando llegaban los mariachis, cantabas y bailabas con mamá, llenando la casa de amor, de alegría, de vida.
Papi, cuando estuve en Córcega con Sebastián, en cada rincón sentimos que caminabas a nuestro lado, guiándonos y mostrándonos nuestros orígenes.
Fue un sueño hecho realidad, como si nos dijeras: “Vayan por aquí, miren allá, aquí está el tatarabuelo.”
Y fue tan wow que Sebastián me dijo: “Gracias, mami, por esto. Al fin siento que encuentro de dónde vengo, a dónde pertenezco.”
Tu presencia nos envolvía en cada paso y nos ayudó a sentir nuestras raíces.
Papá, ese amor inmenso, tu humor, tu ejemplo y todo lo que fuiste siguen aquí eternamente con todos.
Siempre serás mi roca y te llevo conmigo, papá.
Bendición❤️❤️❤️
Alicia Ignacia