En memoria de Tara Davis, una mujer que me enseñó más de lo que imaginé.
8 de junio de 1943 - 02/02/2025
Un te quiero y besos cargados al cielo, como esos besos que me enviabas cada vez que debía irme. Con la única mano que aún te respondía, me enviabas tu cariño, un gesto que hablaba más que mil palabras. Cada beso era un susurro de amor que se elevaba al viento, como un adiós suave, lleno de gratitud, como si nos dijéramos sin hablar: “Gracias por estar aquí”.
En esos momentos, tu mirada decía lo que tu cuerpo ya no podía: el amor que permanecía intacto, la conexión que, aunque nunca fue dicha en voz alta, se sentía en el aire. La mañana en que te fuiste, estuve allí y sentí, como si esos besos al cielo fueran la despedida perfecta. Y ahora, aunque ya no estés, sé que tu amor sigue siendo un suspiro en el viento, un eco que permanecerá en mi corazón.
Siempre recordaré cómo se iluminaba tu rostro al escuchar Maracas y los saludos de tu amigo Alberto Vázquez, una canción que te hacía sonreír, y que ahora permanecerá en mis recuerdos, acompañándome con su melodía y tu sonrisa.